lunes, 18 de noviembre de 2013

Encerrada en Saga Falabella Parte 1




AUTORA: MARY CD



Mi hermana le puso llave a su dormitorio y esa noche no pude entrar a probarme su ropa. Como siempre sucede, cuando una no puede hacer algo es cuando más ganas una tiene de hacerlo. La puerta cerrada de mi hermanita me dejó más deseosa de vestirme, y para satisfacer en algo mis deseos femeninos, me fui a Saga Falabella a mirar vestidos, lencería, zapatos… Mientras paseaba por la tienda, me imaginaba probándome esa ropa en los vestidores. Tocaba la suavidad de la tela de los vestidos y me moría de ganas de sentir esa suavidad en mis piernas y en mis nalgas. Una vendedora bien alta se me acercó para ofrecerme su ayuda. Le dije que buscaba un vestido para regalarle a mi chica. Me preguntó qué talla y le respondí que era de mi misma altura y contextura, small. “Entonces puedes probarte tú el vestido y si te queda también le quedará a ella”, me dijo. Me puse roja de la emoción y de la vergüenza.

¿Se había dado cuenta que yo deseaba ponerme el vestido?

--Estoy bromeando, jajaja… No puedes entrar al vestidor de mujeres y en el de hombres no te van a dejar entrar con el vestido… Pero, creo que podemos hacer algo. Mírate en el espejo con el vestido en tu delante.

Y me llevó a un espejo medio escondido donde casi no podían vernos. Se puso detrás de mí y me colocó el vestido por adelante. Yo me vi reflejada en el espejo como siempre había soñado. En el fondo se veía mucha gente que no me prestaba atención, exactamente como yo quería que suceda, ser una mujer normal en medio de todos. De pronto la vendedora me agarró por la cintura y me susurró al oído:

--¿Tú crees que eres la primera travesti de closet que viene por aquí? Yo reconozco a las nenas como tú apenas las veo. Todas agarran la ropa, miran extasiadas la lencería como si se imaginaran con vestidas así. Se te nota en la cara que estás feliz con ese vestido en el espejo. Dime, ¿quisieras ponértelo en el probador? ¿Cuál es tu nombre de chica?

--Mary, le dije. Y me muero de ganas de ponerme el vestido. Gracias. Me ha gustado la forma en que me has hablado. ¿Cómo te llamas?

--Mi nombre es Sandra. Y vas a hacer lo que te digo: esperaremos a que no haya nadie en el probador de chicas. Entonces tú entras, te encierras en un cuarto y me esperas, que yo te llevo toda la ropa. Eres bien linda. He palpado tu trasero y está bien formadito. Te aseguro que te verás como una reina. Dame 100 soles, que ese es el precio de mis servicios. Que no te vea nadie, quédate en el cuartito, calladita, no hagas ruido.

Y así ocurrió. En unos minutos yo estuve dentro de un cuartito, sentadita con las piernas cruzadas, esperando mi ropita. Mientras tanto, escuchaba las cosas que hablaban las mujeres en el probador y me daban ganas de salir vestida en medio de ellas, como si fuese una más.


Pero el tiempo pasaba y pasaba y Sandra no llegaba con la ropa. Yo me había sacado toda la ropa, quedándome apenas con la blusita rosada que siempre me pongo debajo del pantalón. Mis piernas se veían bien y me sentía nerviosa pero muy feliz de estar a punto de vestirme en la tienda. Muy callada, como me había indicado Sandra, seguí esperando más de una hora. De pronto, ya no hubo nadie en el probador. Y pronto hubo un completo silencio. Las luces se apagaron y todo quedó a oscuras. Me quedé quieta un rato más esperando que Sandra llegue en cualquier momento. Pensé que seguro había planeado que nos quedáramos solas allí con la tienda cerrada, con toda la ropa a mi disposición. Y con esa fantasía en la cabeza me quedé alucinando que paseaba por la tienda escogiendo la ropita más bonita.

De pronto las luces se encendieron. Yo salí presurosa, así como estaba, casi desnuda, en busca de Sandra, pero no había nadie. Grité su nombre y no hubo respuesta. Miré hacia todos lados y no vi a nadie.

¿Quién había encendido las luces, entonces? Alguien tenía que haberlo hecho. Las luces no se encienden solas. Además las luces debían estar apagadas durante la noche. No tenía sentido que las dejen prendidas, así que supuse que era un plan de Sandra. Ya llegará pronto, pensé.

Y empecé a ponerme la ropita. La lencería más atrevida adornó mi cuerpo. Me maquillé como para parecer una ramera, pero mi vestido era como el de una niña decente. Lo tenía todo, hasta una peluca rubia que me hiciera ver como toda una mujer. Caminé con mis zapatos de tacos y comprobé en cada espejo que estaba completamente femenina en todos los detalles.

Esperaba que Sandra aparezca y me viera cambiada. Estaba algo preocupada porque todo me parecía muy raro. De pronto, mientras caminaba mirando por todos lados, me pareció ver que algo se movía. Me dirigí a mirar y en el camino noté que un hombre vestido de guachimán estaba parado, sin moverse, con lentes oscuros, los brazos cruzados y un porte muy varonil. Lo miré fijamente, pues hasta parecía un maniquí y no una persona real. Lentamente me fui acercando y mientras avanzaba, mis pasos se iban haciendo más femeninos ante la presencia de ese hombre, que seguía quieto y con la mirada puesta en otro lugar, no en mí.

Hasta que llegué y me puse muy cerca a él. Lo miré de frente, pero seguía sin moverse. Acerqué mis labios a los suyos como queriendo invitarlo a besarme. El seguía inmóvil. Llegué a pensar que se trataba de un maniquí, o al menos esa era la fantasía que me provocaba tener. Entonces lo besé en la boca. Y apenas mis labios tocaron los suyos, él me tomó por la cintura me presionó fuerte y me metió la lengua hasta el fondo de mi garganta. Y pensar que hace pocas horas yo estaba lamentando que mi hermana haya cerrado la puerta con llave y no haya podido vestirme con su ropa…

De una nena con solo una trusa rosadita debajo de los pantalones de chico y curioseando en la tienda, había pasado a ser una mujer atrapada por los brazos fuertes de aquel guachimán y sintiendo su lengua invadiendo mi boca.
Luego me tomó por la cintura (cómo me gusta que me hagan eso!) y me besó el cuello mientras me decía: “Quiero que me la chupes”. Su enorme miembro luchaba por salirse por la bragueta y me acariciaba las nalgas. Es increíble la forma cómo iba aprendiendo a ser una mujer. Mi trasero reconocía las dimensiones de su pene sin verlo y se levantaba voluptuosamente invitándolo a ir más allá, tras las fronteras de la señorita que hasta ese momento era, porque ya habrán adivinado que en ese momento mi trasero no había sido poseído por nadie.

Yo me deslicé hacia abajo y me volteé poniéndome de rodillas ante él. Su bragueta se abrió y de allí emergió una torre inmensa, dura, húmeda y masculinísima. Mi pequeñísimo pene, ya erecto por la excitación, no pasaba de los 3 centímetros. El del guachimán no tenía menos de 25 cms.

Cuando mi boca se acercaba a su miembro para probar por fin el instrumento por el que mi feminidad quería sucumbir, él me levantó y me volvió a besar. Yo sentí como su lengua entraba y salía de mi boca. Estaba quieta permitiéndolo todo. Su enorme pene me tocaba a la altura de mi ombligo.

Y yo así, sometida por la presión de sus brazos, que me cogían fuertemente sin darme libertad. Me sentí presa de él, poseída y entregada completamente. Así comprendí que esos momentos de intimidad de closet que tenía solita en mi dormitorio habían sido mi entrenamiento para ser una mujer. Hasta el día de ayer yo me vestía en mi dormitorio y en ningún otro lugar más. Nadie sabía mi secreto, ni mis padres, ni mi hermana (cuyos vestidos me los había probado todos). Y en este momento yo estaba vestida y maquillada en una tienda y con un hombre que me besaba como queriendo hurgar en mis entrañas con su lengua. Y todo esto ocurrió en un instante. La voz susurrante de Sandra invitándome a probarme el vestido y el hecho de que me haya reconocido, todo me provocó este torbellino de locura, que primero me hizo entrar al probador de damas y a esconderme allí en espera de que Sandra me traiga ropita de mujer y luego salir de allí y encontrar toda la ropa de la tienda para mí solita. Y finalmente ese hombre que apareció repentinamente y me sorprendió vestida y despertó mis instintos femeninos de una manera tan intensa, como jamás había sentido antes, ni siquiera cuando uno de mis compañeros en el colegio se dedicó a acosarme… pero en fin, esa es una historia pasada.

Ahora yo estoy en el local de Saga Falabella, donde miles de personas pasan todos los días. Y me encuentro no solo como una mujer vestida y linda, sino que también un hombre me toma entre sus brazos y me besa con pasión.
Me pregunto dónde estará Sandra. ¿Por qué me abandonó en el vestidor?

La masculinidad del guachimán fue tan contundente y me sometió de una manera que jamás creí que sucedería, que había olvidado a Sandra. Fue como estar en un sueño. Primero mi inocente visita a la tienda para ver ropa de mujer, luego Sandra descubriéndome. O sea una mujer descubriendo a la mujer que había en mí. Mi repentina entrega al juego, a esperar en el vestidor a que me traigan un vestido y estar allí, en secreto, mientras otras mujeres se probaban la ropa muy cerca a mí. Al final toda la tienda para mí solita. Las misteriosas luces. Todo parecía estar como si en cualquier momento llegaran los clientes y me verían así, como una lady.
Esa era la única explicación posible a mi entrega incondicional a ese guardián. Yo había imaginado muchas maneras de revelarme como mujer, pero ninguna se parecía a la que estaba viviendo.
¿Dónde estaba Sandra?
Esa pregunta dejó de perturbarme cuando el guachimán me cogió el trasero mientras me besaba. Yo me colgué de su cuello mostrándole mi aceptación a esa cogida. Su miembro viril estaba muy cerca de mi ombligo y algo lejos de mi pequeñísimo pene, pero él me levantó hasta que nuestros penes quedaron uno al frente del otro. Pero llamar pene a lo que yo tengo, y especialmente cuando hay una tremenda cosa dejándolo en ridículo al pobrecito, es algo injusto para el significado de esa palabra. Lo de él era un verdadero pene, lo mío es (y lo digo con plena consciencia de que me encanta el sometimiento de mi pene tanto como el de mi propia alma) apenas un clítoris. Su pene se pone aún más duro al hacer contacto con mi cosita, se mete por mi calzoncito como una serpiente acechando a su presa. Yo casi puedo ver con mi imaginación esa escena, como una película con efectos especiales. Una serpiente gruesa y poderosa busca una víctima para darle caza, para someterla. Esa cosita que está allí abajo es como si fuera yo y la portentosa mole de carne de él es como el propio guachimán que no para de besarme. Y mi cosita, totalmente flácida (como imaginé muchas veces que estaría, para ser más una mujer), de pronto se apodera de mi sistema nervioso y me envía señales de placer y de locura femenina. Acaba de erectarse, pero sigue siendo una cosita pequeña y delgadita. El pene del guachimán ocupa todo mi underwear y mi cosita trata de esconderse inútilmente. Su pene ha descubierto a mi feminidad expresada en mi cosita y lo inunda de sus jugos pre coitales. Yo, mujer absoluta, la del trasero envidiable, la de las piernas torneadas, la que se viste tan deliciosamente que los hombres se vuelven locos al verme; yo, la loca que está entregada a esta alucinante sesión sexual, no puedo más y me vengo mojando aun mas toda mi zona genital. Su pene acaba de recibir mi semen, pero yo no lo siento de esa manera, yo alucino que estoy lubricándome para su penetración…
Y él, al sentir mi excitación húmeda, me voltea poniéndome boca abajo. Mi penecito está en su boca. Y él me lo chupa con voluptuosidad. Tan sensible como estaba mi cosita después de la eyaculación, su lengua me vuelve loquita chupándome mi clítoris. Gritaba de placer, cuando mis labios sintieron que su enorme, húmedo, duro y absoluto PENE chocó contra ellos y se metió y me invadió, tal como lo había hecho antes con su lengua, pero esta vez era algo que no me dejaba ni hablar. Mi boquita quedaba justa para el diámetro de su miembro, que ya entraba y salía a su antojo. Tosí. Y lo hice porque me estaba atorando con una eyaculación tan violenta y abundante que hasta me salió su semen por la nariz. Luego de expulsar sus líquidos calientes y pegajosos, seguí chupando su pene, lamiendo lo que aún seguía saliendo de allí. El guachimán me llevaba hacia la zona de las camas, y cuando llegamos me volteó de nuevo. Al separarme de su pene que estaba en mi boca, yo me sentí vacía de él, sin nada que me penetre.
Pero una vez puesta sobre la cama, con el vestido completamente arrugado y con las piernas abiertas, un deseo desesperado se apoderó de mí. Mi culito latía y hasta creo que se lubricaba solito. Entonces supe que la hora había llegado, que mi virginidad se perdería allí con un hombre que nunca conocí, pero que ya sentía como mi marido…
Echada en esa cama tuve un momento para la reflexión. Hace pocas horas yo nunca había salido vestida a la calle. Fui a la tienda sólo para mirar ropa de mujer e imaginar que me probaba la ropa y la compraba. Todo había sucedido tan rápidamente. Hasta ayer todo esto era mi secreto mejor guardado. Ni siquiera había tomado en serio la idea de tener sexo con un hombre. Claro que siempre lo imaginaba. Soñaba que mis compañeros de colegio me obligaban a vestirme en el salón de clases y que me humillaban. Pero era sólo una fantasía que nunca creí que sería posible.
Ahora me doy cuenta que de tanto estar en el Facebook haciendo el papel de nena es fantasía se ha transformado en realidad. Las últimas semanas agregué a varios chicos y tuve unas conversaciones bien calientes. Me sentí tratada como me gusta, a veces como una dama y otras veces como una puta. Los chicos me mostraban sus penes por la webcam y yo en mi locura femenina acercaba mis labios a la pantalla y chupaba esos miembros. Hablaba sólo con chicos que no fuesen de mi ciudad, ya que me aterraba la idea que me descubran. Siempre tuve mucho cuidado, pero una vez hubo un chico con una foto de perfil muy excitante. Tenía el pecho descubierto y lleno de pelo. Pidió mi amistad con un mensaje así: “Me gusta tu femineidad. Eres la más mujer de todas las que he tratado por este medio. Quiero conocerte”. Yo lo acepté sintiéndome más mujer que nunca.
Inmediatamente me pidió webcam. Y yo que nunca me había mostrado vestida en la cámara, no dudé en maquillarme, ponerme una peluca y vestirme como siempre lo hacía. Sólo que aquella vez me iba a inaugurar como una dama exhibiéndome ante alguien que no conocía.
Me dijo que era mexicano. Y en la webcam sólo puso su enorme miembro. No me dejó verle la cara. Reconozco que a pesar de que me encantaba mirar su pene, quería ver sus ojos mirándome con deseo. Quería ver esos labios moviéndose mientras me decía obscenidades. Me levanté el vestido, me bajé el calzón, le mostré mi orificio con la ilusión de que me penetre algún día y le dije las cosas más atrevidas con mi voz más femenina. Era injusto que yo le muestre todo y que él sólo me brinde su pene húmedo, pero no se rindió a mis súplicas y no vi su rostro. Me prometió que estaría al día siguiente conectado a la misma hora y que entonces vería su rostro y luego se fue.
Una hora antes de la hora indicada lo esperé con ansiedad. Y dos horas después todavía él no llegaba. Me plantó. Eso ocurrió hace tres días. Y creo que esa conducta mía con él ha sido lo que me ha llevado a estar así ahora. El guachimán es un desconocido. Sandra también lo es. Y ante ellos es como si estuviera frente al mexicano. Siento que dejo salir mi personalidad femenina sin poner en riesgo mi rol de varoncito ante la sociedad. Claro que en pocos minutos he ido demasiado lejos.  Ahora entiendo que ellos no guardarán mi secreto. Sospecho de Sandra. ¿Por qué se tarda tanto? Yo que estaba dispuesta a que el guachimán me penetre, ahora ya no. Me ha dado miedo. Entonces corro hacia el probador en busca de mi ropa de hombre, pero una vez allí no encuentro nada. Mi ropa había desaparecido.
Entonces el guachimán me alcanza y ante mis reclamos por mi ropa, él sólo me toma con fuerza y me besa. Es inútil que me resista. Es muy fuerte. Entonces le suplico que ya no me someta, que tengo miedo, que estoy asustada.
Me lleva a la parte de las computadoras y me dice que quiere que me deje ver por la webcam en el Facebook, pero que me arregle lo mejor que pueda, que allí hay vestidos muy bonitos y que quiere verme frente a la computadora vestida primorosamente.
Le digo que me parece muy sospechoso que me pida eso, que cómo sabe él que yo uso la webcam por el Facebook. Él me responde que “todas las travestis de closet como tú tienen Facebook y allí se realizan como mujeres. Eso no es ningún secreto”.
“¿Después que haga eso, me devolverás mi ropa?”, le pregunto.
“Sí, te lo prometo, pero compláceme. Me excitará verte inclinada frente a la computadora”.
Le respondo que ya, pero que no tendremos sexo. Y él me dice que sólo quiere masturbarse mientras me ve. Y yo, estúpida, le creo y me dirijo al probador con un cerro de ropa.
Ya vestidita, me vinieron de nuevo mis locuras femeninas. Entro al Facebook con la esperanza de encontrar al mexicano. Y ante mi sorpresa, lo veo allí otra vez. Simulo estar molesta por el plantón de hace días y le reclamo en el chat. Él me pide webcam y allí poco a poco paso de molesta a sumisa. Le cuento lo que me está pasando en la tienda. Entonces el guachimán se acerca por atrás y me toma de la cintura. El mexicano mira eso y me pide que lo haga con el guachimán. Yo aprovecho y le pregunto si esta vez me mostrará su rostro. Él me asegura que si, que lo hará apenas me vea penetrada por el guachimán.
Eso era una tentación muy fuerte. Por un lado el guachimán con toda su enorme verga amenazando acabar con mi virginidad y por el otro el mexicano, que me intrigaba mucho, por su rostro desconocido.
Entonces me bajo el calzón con los movimientos más femeninos de mi vida. Me inclino frente al guachimán y se la chupo pidiéndole que me aplique bastante lubricante en mi orificio.
Unos segundos después, yo estoy retorciéndome de placer con una buena parte de su miembro invadiendo mi territorio anal y poseyéndome de una manera tan loca que me hace gritar con una voz aguda, tremendamente femenina.

CONTINUARA …

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